Comentario a las lecturas del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo A- (Is 50,4-7; Flp 2,6-11; Mt 26,14—27,66)

«Desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64).

Acabamos de conmemorar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, aclamado por la multitud como el Hijo de David, el profeta de Galilea, el Mesías, que viene a establecer el reinado de Dios. Jesús había comenzado su ministerio anunciando la proximidad del reino; ahora sabe que la llegada del Reino de Dios es inminente y que es por medio de Él como va a tener lugar su instauración. Por eso, Él toma la iniciativa de preparar aquella entrada triunfal en la Ciudad Santa, a la manera en que lo habían hecho los reyes David y Salomón, a lomos, no de un brioso corcel de guerra, sino de un animal de carga, propiamente útil en tiempos de paz.

En las circunstancias del momento, no existía peligro de que su mesianismo fuera malentendido por parte del pueblo como mesianismo político, pues sabe que la suerte está echada y que dentro de pocos días va a ser entregado a la muerte. Así pues, ya no tiene que tener reparo en mostrarse como lo que realmente es, el enviado de Dios para la salvación del mundo. Es el momento de anunciarlo sin reticencia, y de hacer partícipe al pueblo (aunque éste no sea plenamente consciente) del gozo de la salvación de Dios, que es perdón, reconciliación y paz. El perdón de Dios (y no la justicia del hombre) es el fundamento de la nueva y definitiva alianza de Dios con los hombres, es el inicio de la nueva era de la reconciliación y es la base de una comunión pacífica con Dios y con los hombres.

El mesianismo de Jesús no tiene nada que ver con el que le proponía el diablo en las tentaciones que siguieron a su bautismo, que era un mesianismo basado en los recursos humanos, con ostentación egolátrica y que se postra ante el príncipe de este mundo. Por el contrario, el mesianismo de Jesús (que reconoce a Dios como su único Señor) es el del Siervo de Yavé, el discípulo obediente, el servidor sacrificado, y el fiel confiado en su Señor. Es el mesianismo del Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros, rebajado a la condición de esclavo y sacrificado en una cruz.

De ahí el gran contraste que caracteriza al Domingo de Ramos, entre la aclamación excitada del pueblo, agitando los ramos, y la proclamación de la pasión del Señor en el evangelio de la Misa; entre la gloria y la humillación; entre el éxito de las multitudes enardecidas y el abandono y desprecio de la cruz. Pero así es el proceder de Dios, a fin de que quede claro que la glorificación del hombre es don gratuito de Dios, en virtud de su amor increíble por el hombre.

El Domingo de Ramos señala la finalidad para la que el Hijo ha venido al mundo, para ser rey, como reconoce abiertamente ante Pilato, cuando el procurador romano le pregunta: «¿Eres Tú el rey de los judíos?» A lo que Jesús contesta: «Tú lo dices» (Mt 27,11). Poco antes, requerido solemnemente por el sumo sacerdote a que declarase si era el Mesías, el Hijo de Dios, Jesús respondió: «Tú lo has dicho. Más aún, Yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64). A Él corresponderá someter todos los poderes contrarios a Dios que actúan en el mundo, y poner en paz todas las cosas, ordenadas según los criterios de verdad, bien y amor que de Él se desprenden (Flp 2,10). Sin embargo, el camino para lograrlo no será el del éxito fulgurante del Domingo de Ramos, sino la obediencia paciente del Viernes Santo.

La clave para entender la pasión de Jesús está en Getsemaní, donde Jesús interpreta su pasión y muerte, conforme a las Escrituras, es decir, de acuerdo con la voluntad del Padre, que Jesús acepta obedientemente, mas no sin una lucha tremenda. Hubo de pasar por la humillación humana más despiadada, con la traición de un amigo, la negación de otro, el abandono de todos; la obcecación de las autoridades religiosas del pueblo, que, llenas de envidia y de odio, buscan a toda costa condenarlo a muerte legalmente, pero con trampas, sobre la base de falsos testimonios; el clamor sordo de la masa del pueblo, que pedía su crucifixión; la comparación con Barrabás; las burlas de los soldados, de los viandantes y de los propios condenados; el desistimiento y la indiferencia de las autoridades civiles, cuyo gobernador se lava las manos. Pero, sobre todo, el silencio de Dios, a quien Jesús invoca insistentemente en la agónica oración de Getsemaní: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como Yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt 26,39). «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que Yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt 26,42). También los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos interpretan la soledad del crucificado como abandono de Dios (pensaban para sí: «era un iluso; pretendía cambiar la religión tradicional, pero Dios no lo ha refrendado»): «Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”» (Mt 27,43). Como varón de dolores, que cargó sobre sí los pecados del mundo, es quebrantado por el sufrimiento y siente la terrible soledad del abandono de Dios, consecuencia del pecado de sus hermanos, de los que se hizo solidario al hacerse hombre. Todo ello le produce una profunda tristeza hasta la muerte, pero no le hace perder la confianza en Dios y la esperanza.

Le quedaba tan sólo el grupo de mujeres que lo había seguido desde Galilea para servirlo. Dos de ellas: María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, cuando José de Arimatea corrió la piedra del sepulcro, se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro. Fueron precisamente el centurión y los soldados que custodiaban a los condenados quienes, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Verdaderamente éste era Hijo de Dios» (Mt 27,54).

La pasión de Jesús es la expresión máxima del amor apasionado de Dios por el hombre. Convirtió lo que era un horrendo crimen, el asesinato del Hijo de Dios por los hombres, en el gesto supremo de amor: amor del hombre a Dios, de quien se fía plenamente y en cuyas manos se pone; amor de Dios al hombre, por quien entrega su vida para que tenga vida eterna. El amor es divino e inmortal.

El amor de Jesús era más puro y valioso que el oro acrisolado, y terminaría por obtener el reconocimiento del Padre. Por eso, con clarividencia y confianza total en el Padre, les había anunciado a los discípulos que los emplazaba para encontrarse con ellos en Galilea después de su resurrección de entre los muertos.

Acompañemos también nosotros a Jesús en su pasión, muramos también nosotros con Él a nuestro ser menos noble y más ramplón, a nuestra condición de pecadores, para resucitar con Él, transfigurados por su Espíritu de hijos. Entonces el Padre nos amará y establecerá su morada en nosotros con el Hijo y el Espíritu, y nuestra vida cobrará una dimensión de eternidad, pues aquel a quien Dios ama no perecerá.

Modesto García, OSA

 

Fuente: http://monasteriodelescorial.com/homilia