(Éxodo 17, 3-7. Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9. Romanos 5, 1-2. 5-8. San Juan 4, 5-15. M-26, 39a. 40-42)

Como podemos ver el pueblo está torturado por la sed. Les faltaba algo básico para vivir. Y es por ésta razón que eleva su voz y murmura. Y murmura contra su líder espiritual que es Moisés. Y qué hace Moisés? Clama a Dios. Moisés sabe que sólo Dios puede saciar la sed de su pueblo. Que no es él el que solucionará aquella necesidad básica del pueblo elegido. El Señor responde a Moisés y le dice lo que tiene que hacer. Y se lo dice a Moisés y también le dice que se lleve a los ancianos de Israel. Y que lleve el cayado. Dios exige la fe de Moisés. Él es el líder del pueblo. De él depende el pueblo.

La actitud correcta del pueblo ante el riesgo y el peligro debería ser el tratar de superarlos, pero no ocurre así, sino que se dedica a hacer lo más fácil: protestar. La queja es el elemento constante en todos estos versículos: “murmuran” (v. 3), “riñe” con Moisés y “tienta” al Señor. Con murmuración y protesta se abre y se cierra el relato, de ahí el nombre dado al lugar: “Meribá”=riña, altercado o querella, y “Massa”=tentación (v. 7). Israel tergiversa su salida al interpretar su liberación como una salida hacia la muerte. Es la ofuscación del pueblo ante el peligro.

Esta es nuestra reacción natural ante el peligro. No debe ser así en un hombre de fe. Debe afrontar el riesgo y confiar en Dios. Apoyar al líder y buscar soluciones.

El salmo nos recuerda exactamente lo sucedido en Masá y Meribá. Cuando pusieron a prueba a Dios. Que no creyeron en Él, a pesar de todos los prodigios que había realizado ante sus ojos. Y el salmista invita a que no se endurezca el corazón. Nos invita a nosotros que ante tanta maldad que vemos…injusticias, corrupción, terrorismo, extorsión, violaciones y muerte…que el corazón no se endurezca…que no murmuremos. Que busquemos soluciones. Que tengamos fe. Que entremos clamando al Señor y dándole gracias y bendiciendo su nombre. Y aclamándolo con cantos. Que a pesar de todo no dejemos de creer en Él.

Con la lectura de la carta a los Romanos la liturgia viene a decirnos:

¡Tranquilos no temáis…! Ya está la fuerza de Dios = el Espíritu Santo que se nos ha dado. Todas esas dificultades y más serán vencidas con su ayuda. Y dice el apóstol: “cuando estábamos ya sin fuerzas….Cristo murió y gracias a Él, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones frágiles y temerosos…”

Dios dijo a Moisés: “lleva también en tu mano el cayado”. La cruz de Cristo nos trajo la salvación.

Nos exhortan pues las lecturas a confiar en Dios. Que nos dará las fuerzas necesarias para vencer cualquier dificultad

El evangelio de manera gráfica y clara nos resume todo lo que nos quieren decir las lecturas del día de hoy. Veíamos que el pueblo torturado por la sed murmuró.

Jesús que es el hijo amado y predilecto de Dios Padre…se siente cansado y fatigado. Era el mediodía es decir pleno calor. No se queja ni murmura. Simplemente llega una mujer y él le pide agua. Y Jesús de esa circunstancia al parecer adversa, saca frutos de vida eterna. Está cansado, se sienta y la mujer empieza a discutir. Se ve que viene molesta. Ya está cansada de venir por agua todos los días quizás. Ésta mujer está decepcionada ha tenido cinco maridos y con el que está tampoco le pertenece. Y por lo visto está en busca de otro. Está sedienta.

“La samaritana andaba sedienta de paz, de felicidad, de vida. Había buscado, pero no había encontrado.”

Vemos cómo Jesús se vale de tal situación para acercar ésta alma a Dios. La va conduciendo poco a poco. Ella con una mirada muy natural y Jesús con la mirada siempre puesta en Dios. Y le promete el “don de primaveral del Espíritu Santo “un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.» Eso es el Espíritu Santo.

También nosotros tenemos sed, sed de felicidad, de éxitos, de verdad, de amor, de plenitud, de vida; el que no tiene sed, no busca fuentes de agua. El doctor Alexis Carrel escribió: “El ser humano tiene necesidad de Dios, como del agua y del oxígeno”. Realmente tiene más necesidad de Dios. San Agustín, dirigiéndose a Dios, le dice: “Quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le provocas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
Uniéndonos a la primera lectura del éxodo decir que uno de los símbolos más frecuentes en la historia de la salvación es el agua. El agua es una necesidad vital y permanente, tanto para los hombres como para los animales y las plantas. El agua limpia, purifica, es vida, aunque en ocasiones es desgracia, destrucción y muerte, en las tormentas y las inundaciones… Desde el diluvio hasta el bautismo, pasando por la roca del Horeb, el agua se asocia en la Biblia a la presencia del Espíritu de Dios, que purifica, da vida y recrea, como el agua, elemento tanto más estimable en tierras cálidas y secas. El pueblo de Dios esperaba que en los tiempos mesiánicos se concedería en abundancia el don del Espíritu. En el Nuevo Testamento es el evangelio de san Juan el que insiste más en esta relación entre el agua y el Espíritu Santo. Y según la nota puesta en la primera lectura la falta de agua trae funestas consecuencias para el organismo. Qué será la falta del Espíritu Santo?…

Queridos hermanos ya tenemos el Espíritu Santo confiemos en Dios y venceremos con Él,  cualquier dificultad.

Y no  olviden que María Santísima es quien nos trae al Espíritu de Dios con su mediación materna. Y las madres están para dar lo mejor…la vida

Amén